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jueves, 2 de octubre de 2014

LA DELGADA LÍNEA ENTRE EL IDEALISMO Y LA ABNEGACIÓN.

Por: Cristian Alberto Bedoya Laguna.


Por idealismo me refiero a aquello que uno piensa que haría en el colegio para cambiar el estado de cosas para un mundo mejor; la abnegación aparece cuando ya ha pasado un tiempo y aún se piensa hacer el tipo de cosas que sólo haría recién salido de la universidad, por vocación.

¿Cómo la ven?, ¿por vocación? ¿Exagero? ¿Acaso han escuchado o leído opiniones como que los profesores no tienen por qué quejarse o que los profesores no tienen nada qué reclamar porque su trabajo es por vocación, casi un apostolado? Las preguntas que me asaltan ahora son ¿Qué tan justos son los reclamos?, ¿de qué somos cómplices con nuestros silencios y cuando no reclamamos? y ¿hasta qué punto el profesor está (sacando el culo) saliéndose por la tangente?

Considero que principalmente los profesores son trabajadores y también creo que en un país civilizado de occidente todo lo que se les reconozca a los trabajadores es justo, porque o si no quién gozará de las riquezas de una sociedad, de una cultura ¿el capital transnacional, los delincuentes, los corruptos, los fanáticos? No, creo que en Colombia se paga muy mal el empleo y que todo lo que reclamen los trabajadores está bien, por eso no estoy de acuerdo con quienes llegan a insinuar o promover, consiente o inconscientemente, que el profesor se queja mucho, que no debería joder tanto y más bien ponerse a trabajar, que lxs niñxs y las condiciones difíciles son estimulo para desarrollar su profesión, que por eso es profesor, por vocación.

En todo caso lo que llaman vocación no es exactamente gratis o mórbida, que uno tenga inclinación o gusto por hacer algo no lo hace que se margine de un buen trato, buen pago y reconocimiento.

Seguramente, por más que existan códigos de ética, que son lo más cercano al objetivismo que sobre el deber y el que hacer pueda existir, porque dejar eso en manos de practicantes religiosos o militantes políticos no resuelve nada, siempre se encontrarán posiciones enfrentadas sobre hasta dónde debe llegar el profesor.

Por mi parte estoy convencido que el docente no tiene que aguantarse cosas como: mal olor en el salón, inseguridad a las afueras, irrespetos sistemáticos de estudiantes y acudientes, maltrato de directivos, menosprecio del gobierno y una propaganda de desprestigio que fraguan los poderes económicos en concurso de los medios masivos de comunicación para acabar con un gremio y privatizar un derecho.
Una de las técnicas de esa propaganda negra es repetir las palabras hasta meter la idea en el colectivo inconsciente de que el profesor se queja mucho, que no puede parar porque atenta contra la educación, que ganan más en el sector oficial y los resultados son malos, que son profesionales por vocación, etc.

Lo más triste es el eco de colegas que creen que quien reclama, para, se queja es un mal docente, y que los profesores deben soportar estoicamente las desmejoras laborales, porque somos educadores y bajo cualquier circunstancia debemos ejercer; los mismos colegas dicen: ¿o qué esperaban, condiciones perfectas?, entonces ¿para qué profesores?
Esta cuestión es preferible alejarse de los extremos y difícil no caer en fundamentalismos para no pasar (por un saca culos) de agache o no confundirse con un abnegado que raya en lo regalado.

Pensar con pragmatismo y cabeza fría para que nuestro idealismo de un mundo mejor no lo usen en nuestra contra y resultemos haciendo un trabajo ingente en condiciones deplorables.
Cristian Alberto Bedoya Laguna.

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