Por:
Yeison Andres Mora.
Yeison Andres Mora.
Angela Cristina Ortiz.
Ponencia presentada en el marco del foro educativo del colegio ALFONSO LOPEZ en Bogotá (Colombia), 2014.
"sería en verdad una actitud ingenua esperar que las clases dominantes
desarrollasen una forma de educación que permitiese a las clases dominadas
percibir las injusticias sociales en forma crítica" Paulo Freire
Nos han invitado a este foro
para que hagamos un aporte en la reflexión sobre el papel de la escuela en el
posconflicto, en un momento fundamental de la historia de este país en el que
se abre la oportunidad, quizás como nunca antes, de firmar un acuerdo de paz
que ponga fin a la confrontación armada entre la insurgencia de las FARC-EP y
las fuerzas militares del Estado colombiano. Un acuerdo de estas
características representa una oportunidad histórica para que el país avance en
la búsqueda de escenarios más democráticos, donde todas y todos los habitantes
de esta patria ayudemos a construir un futuro digno para vivir, una aspiración
colectiva por una sociedad más justa que no solo sea utopía, sino un proyecto
realizable.
Ahora bien, ¿tiene razón de ser una reflexión que
vincule el conflicto y la escuela y que plantee la necesidad de pensar esta
última como un escenario indispensable en el desarrollo de un posible
posconflicto? ¿Cuál es esa razón? Vale a esta altura una aclaración
indispensable: la opinión pública, en parte influida por los medios masivos de
comunicación, ha configurado un ambiente
medianamente favorable a la idea de posconflicto, idea que representa,
por supuesto, las aspiraciones de la mayoría de colombianos. Decimos que es un
ambiente medianamente favorable y que el posconflicto es una aspiración de
“casi todos” los colombianos, teniendo en cuenta la persistencia de varios
sectores políticos y económicos de la sociedad colombiana por la guerra, para
quienes una solución política y negociada del conflicto social y armado es un
absurdo. En todo caso, el posconflicto
como categoría de análisis de nuestra realidad ha logrado instaurarse en el
imaginario colectivo; los medios nos hablan de posconflicto todos los días,
también lo hace la academia y hasta en la escuela se crean foros
avanzando en esa dirección?
Desde nuestro punto de vista
no es cierto que estemos preparándonos para el posconflicto, por lo menos no en
el corto ni en el mediano plazo. Creemos que el papel que ha jugado la clase
dominante (por lo menos la facción que viene considerando la opción del acuerdo
de paz), y en complicidad los medios de comunicación privados, masivos y
tradicionales de nuestro país, ha sido el de posicionar el tema del
posconflicto en el lenguaje de los colombianos, de tal manera que aparentemente
parezca que con la firma de la “paz” se superará el problema fundamental del
país: el conflicto armado. ¿Pero realmente constituye el conflicto armado el
problema fundamental de los colombianos? ¿Firmar este acuerdo de paz implica
superar la desigualdad social, la pobreza, la corrupción del sistema político,
la discriminación económica, étnica y casi de todo tipo que existe en al país?
¿Se corresponde esta idea de paz con un ideal de justicia social? Al parecer
no, y la razón es tan contundente como obvia: los temas agendados en La Habana
representan una apuesta importante (quizás no tanto como quisiéramos) por la
superación del conflicto armado, toda vez que se ha reconocido la necesidad de
transformar parte de las relaciones que han determinado el campo colombiano a
través de una política de desarrollo agrario integral, o que se ha logrado
comprometer al Estado en la garantía para el ejercicio de la participación y la
oposición política, no solo de las FARC, sino en general de las expresiones
organizadas de una política no tradicional a la cual se le ha negado el derecho
a construir, en igualdad de oportunidades, este país.
Hecha esta aclaración,
volvamos a la reflexión central e intentemos dar respuesta a la pregunta. Desde
luego pensamos que conflicto y escuela presentan una sujeción, pero no
necesariamente como algunas posturas han planteado, al pensar esta relación
exclusivamente desde los efectos del conflicto armado sobre la escuela.
Quedarnos allí implicaría pensar solamente los problemas de la escuela cuando
recibe niños y jóvenes en condición de desplazamiento forzado, o los problemas
de la escuela cuando ella misma está ahí, en el corazón de la confrontación
armada, en el cruce de fuegos. Estas situaciones ya de por si representan
problemas muy complejos para la escuela, pero en ellas no se agotan las
implicaciones del conflicto. Esas implicaciones también se manifiestan, por
ejemplo, en la forma que ha adquirido nuestra memoria histórica, en la
constitución de determinadas formas de subjetividades, en la definición de las
políticas públicas en educación, o de otro lado, en la mercantilización de la
educación y en la sujeción de los individuos que por ella pasan a los intereses
del mercado. Esta reflexión intenta dar algunas pistas para realizar una
lectura crítica de estas implicaciones.
Escuela y poder:
Entender
la escuela como un microcosmos; como un escenario en el que se representa la
misma sociedad, nos permite hacer visible la relación que se ha construido
entre los ámbitos educativo y social, poniendo en evidencia la manera en que lo
uno es productor de lo otro. Es decir, que la sociedad produce la escuela que
“necesita”, de acuerdo a las exigencias del contexto ético, político y económico
que la determina. Al mismo tiempo, la escuela produce y reproduce el tipo de
relaciones que constituyen la sociedad, con los diversos elementos que la
componen, como por ejemplo: la forma en que los sujetos entienden lo otro (las
personas, el medio ambiente, la cultura, lo público, etc). Un análisis de estas
características permite la comprensión de una complejidad de situaciones que se
presentan al interior de la escuela, pero también en la relación de ésta con su
entorno, en donde se pueden observar las apuestas que el sistema social ha
constituido; indiferencia por la suerte de lo otro, individualismo, violencia
como forma de resolución de conflictos, negación de lo público, entre otras.
Gran
parte de la responsabilidad que este tipo de situaciones se presenten en la
escuela, ha sido la incapacidad de comprender con miradas diferentes y
alternativas el asunto del poder y la autoridad. Si la forma en que entendemos
el poder nos hace ver que éste es una competencia exclusiva de quienes dirigen
los destinos sociales (clase política,
gremios económicos), entonces sobreviene una actitud de apatía, pues el no ser
parte de estos sectores implica estar por fuera de la capacidad de toma de
decisiones sobre los asuntos colectivos. Pero si por el contrario, entendemos
el poder no necesariamente desde una perspectiva de jerarquías -aunque estas
existan- sino más bien desde el concepto de heterarquías, presentado por Castro
Gómez como aquellas “estructuras complejas en las cuales no existe un nivel
básico que gobierna sobre los demás, sino que todos los niveles ejercen algún
grado de influencia mutua en diferentes aspectos particulares y atendiendo a
coyunturas históricas específicas (Castro-Gómez, 2007, p. 170)” es posible
pensar que en la escuela el poder sea más bien producto de una construcción
social, al margen de que se haga parte o no de los grupos dominantes. Visto el
poder desde una construcción heterárquica, nos acerca a la posibilidad de
horizontalizar las relaciones que se dan entre los diferentes miembros de la
comunidad educativa.
Quizás
una lectura de dos conceptos centrales en los planteamientos de Pierre Bourdieu
ayuden a ampliar la comprensión de esta perspectiva. En su reflexión
epistemológica Bourdieu ubica las categorías de campo y habitus como base
de su explicación sobre las relaciones que se tejen al interior de la sociedad,
de los individuos, de los grupos y de las instituciones que la componen
(Bourdieu, 2000). Veamos:
El
Habitus existe en la mente de los actores y está constituido por las estructuras
mentales o cognitivas, mediante las cuales las personas comprenden el mundo
social. Es el principio y la explicación de la acción, ya que es mediante los
esquemas internalizados que los sujetos actúan. Es decir, que el habitus
produce el mundo social y viceversa.
El
campo, por su parte, es la red de relaciones que se dan entre las diferentes
posiciones que lo ocupan. Sin embargo, esas relaciones no son entendidas como
lazos intersubjetivos entre los individuos, por cuanto el campo está conformado
por personas o instituciones y representa más bien la tensión entre diferentes
intereses en disputa.
Como
podemos observar, una perspectiva como esta nos permite comprender que el poder
más que una relación de sometimiento y dominación, es una relación de intereses
contrapuestos, fuerzas en disputa tensionadas en diferentes campos. La escuela
como uno de ellos, también se encuentra atravesada por relaciones de poder en
las que diferentes actores juegan con sus respectivos intereses. Los habitus de
esos actores han sido determinados históricamente; las estructuras mentales que
condicionan la acción social constituyen cierto tipo de subjetividad sobre lo
político que han producido un aislamiento social, un ensimismamiento provocador
de una fundamental apatía por los asuntos colectivos. En este sentido la
escuela tiene la tarea de promover una transformación no solo de las
condiciones objetivas frente a la participación, es decir de las condiciones
externas a los sujetos, como lo podría ser por ejemplo la propuesta de gobierno
escolar, sino principalmente de las condiciones subjetivas, de esas estructuras
mentales en las que se fundamenta la acción social, de tal manera que podamos
constituir, siguiendo a Bourdieu, un habitus en los miembros de la comunidad educativa
que pueda llenar de sentido la participación y la toma de decisiones
colectivas.
Ahora
bien, ¿es posible hacer que los intereses de los actores sociales converjan?
Por supuesto que es posible, pero solo mediante una apertura del sentido del
poder y la autoridad, que permita unas relaciones horizontales, donde los
intereses de los diferentes actores comiencen a tener el mismo valor. La forma
tradicional de comprensión de poder y autoridad en las relaciones que se
producen en el sistema educativo, nos permite ver con unos lentes borrosos lo
que realmente acontece. Por eso se hace necesario una “analítica” del poder
como la que propuso Foucault[1],
mediante la cual podamos comprender esa atmosfera, ese microcosmos presente en
la escuela, definido no necesariamente por un ejercicio de dominación de arriba
hacia abajo, por una autoridad que se impone, sino más bien por un entramado de
relaciones, o un juego de posiciones en donde el papel de lo subjetivo o según
Bourdieu del habitus, ha sido fundamental para configurar los escenarios que
actualmente tenemos al interior y alrededor de la escuela.
Contra
este sentido abierto del poder y la autoridad se constituyó la escuela moderna.
Por eso, se siguen encontrando relaciones sumamente verticales entre diversos
actores y en diversos escenarios. Es vertical la autoridad que ejerce el
maestro sobre los estudiantes, la forma de trabajar el conocimiento y la misma
organización burocrática de la escuela. Ella misma ha sido atrapada por unas relaciones de saber-poder que la
configuran rígida, estática e inmodificable. Lo que se escapa a esta lógica
(currículo alternativo, relaciones horizontales, educación en contexto, el
maestro como portador de un saber pedagógico) es visto como anormal. Luchar
contra esta “lógica” es lo que podría denominarse como una pedagogía de la
esperanza[2],
que se nutre de una concepción alternativa del poder y la autoridad, diferente
de aquella concepción que entiende estas categorías como violencia y coerción.
El reto de formar niños, niñas y jóvenes
como sujetos políticos
Con
el pasar de los años y los sucesos históricos, el conflicto se ha
transfigurado, ha tomado otra forma,
otro rostro construido por el poder dominante, y de manera cada vez más
acertada ha logrado encubrir la gran enfermedad que sufre el pueblo Colombiano:
la pobreza, la exclusión y la
desigualdad social. El conflicto se ha convertido en una de las tantas
expresiones de este flagelo, pero este rostro no refleja su
verdadero origen ni la naturaleza que lo
constituye y generación tras generación nuestro pueblo ha nacido
y crecido en sus fauces siendo testigos de su transfiguración mediada por un
poder dominante que ha logrado que se acomode dentro nuestro vasto
arsenal de culpas, como diría Dostoievski : “Cada uno de nosotros es
culpable ante todos, por todos y por todo” .
Al
ser el conflicto entonces, presunta responsabilidad nuestra como actores
sociales, el regimiento normativo se ha constituido para abogar en favor de su
resolución pacífica para la sana convivencia;
el código civil, el de infancia y adolescencia, el del trabajo, el de
policía, en fin, un sin número de normas que nos rigen, donde lo que nos
convoca, la escuela, no se queda atrás. Con ellas, la noción de conflicto se ha formado entonces
como sinónimo de desacuerdo, altercado, discusión, agresión física y ahora,
bullying y matoneo, y se han dimensionado en una esfera netamente local que
solo nos toca en nuestro entorno inmediato, lo cual nos abstrae de una realidad
nacional que está ocurriendo justamente frente a nosotros. Este es el rostro
que ha adquirido el conflicto, por una parte reflejado en una esfera local en la que desde la escuela se pretende trabajar con respecto a la
normativa para la convivencia y por otro lado reflejado en una esfera política en la que el gobierno y la insurgencia tienen en sus manos "el fin de la guerra".
Para
nuestra sociedad estas dos esferas están completamente alejadas una de la otra,
por un lado hemos caído en la falsa creencia de que nuestra naturaleza humana o
más bien, colombiana (remitiéndonos a todos los sucesos históricos que dieron
origen a la cultura del dinero fácil y la violencia) es la que está mal configurada, de alguna forma somos
violentos porque estamos constituidos históricamente con estos elementos y no
está mal, no está mal que sintamos que
es nuestra responsabilidad resolver conflictos de manera pacífica, no está mal
sentir que debemos ser menos violentos y
agresivos, no está mal sentir que somos parte de la consecución de la paz, lo
que no esta tan bien es el lugar desde donde leemos el conflicto y la
insuficiencia de las acciones que realizamos en función de su solución
definitiva.
Por otro
lado hemos creído que mediante la firma de la paz entre el gobierno y la insurgencia y la finalización del conflicto armado se va a dar
fin también a todas las causas que lo
generan. El conflicto armado no es más que una de las tantas expresiones de la enfermedad oculta bajo aquel rostro; la dejación de
armas no va acabar con el conflicto, porque este trasciende al cruce de fuegos;
el conflicto es
de orden social y está determinado por una
naturaleza política, histórica y
económica constituida por el poder dominante que en última instancia es quien lo origina.
Así
es como podemos decir que el conflicto no son dos esferas separadas la una de
la otra sino que son una amalgama que está sostenida por unos elementos
políticos que la comportan y estos
elementos a su vez están mediados por
unas relaciones de poder dominante que se encuentran en auge. Es justo en este
punto donde se despliega la reflexión sobre el papel de la escuela en un posible escenario de
superación del conflicto armado, sin
embargo ésta debe pasar primero por el
planteamiento de una formación
donde el sujeto pueda entender el origen, desarrollo y estado actual del
conflicto, no como lo plantean las normas y las perspectivas locales, sino
comprendiendo su naturaleza histórica, económica, política y social, por tanto la escuela debe facilitarle al estudiante llegar a
un criterio desde donde mirarlo, comprenderlo, analizarlo,
criticarlo y generar acciones que busquen darle solución desde su práctica como
miembro de la sociedad.
En
la escuela es donde el estudiante debe adquirir, partiendo desde la primaria,
habilidades para analizar no solo la situación
del conflicto sino también la
situación de su país, de la gente que vive a su alrededor y de sí mismo como
sujeto inmerso dentro de un contexto social. Se evidencia que dentro de los
contenidos curriculares y en los elementos formativos, no está realmente
implícita la acción concreta de la concienciación a los niños, niñas y jóvenes de esos aspectos que rigen los hilos del poder y tampoco de la necesidad
de transformación de las realidades que mancillan y golpean a las clases
populares de este país. En la escuela muchos de las y los docentes encuentran
como limitante la exacerbada complejidad de la realidad para
hacer partícipes a
los estudiantes, especialmente de primaria, de la posibilidad de desarrollar una mirada crítica analítica, transformadora y liberadora, estando entonces sometidos a educarse para
vivir en carne propia las consternaciones de la sociedad como ciudadanas y ciudadanos abnegados, sin tener la opción de formarse como
transformadores, gestores y reveladores de nuevas propuestas para incidir en su
familia, escuela, barrio y comunidad, ciudad y país como verdaderos sujetos
políticos.
Es
necesario que los
niños, niñas y jóvenes dentro de la escuela tenga la oportunidad de
aprender a comprender el mundo desde la mirada del constante cambio, sin
embargo, el sistema educativo actual lo lleva a ser un sujeto formado en
competencias y habilidades para lanzarse al mundo, que se supone ya está
configurado, convirtiéndose en un luchador, pero no para la transformación sino
para la supervivencia.
La
importancia de que
la formación política se dé a partir de la
edad temprana, radica en que en la edad de la creatividad puede llegar a ser tan hábiles e
ingeniosos que muchas de las propuestas
a partir de una toma de conciencia, deben ser escuchadas, construidas y puestas
en práctica. Las voces, las ideas de los niños, las niñas y los jóvenes sus pensamientos, sus lecturas,
deben ser escuchadas a tiempo. En la adolescencia como lo aludiere Carlos
Medina Gallego, “ser joven en nuestra sociedad
significa ser raro, peligroso, drogadicto, malviviente, sicario, vago,
incapaz…” y también en nuestra sociedad “los niños son el futuro” , pero si
estos niños llegan a su adolescencia y a su juventud carentes de una sentido
crítico, de un sentido analítico, activo, de participación, emancipación y
transformación, llegan a convertirse en la escoria, en la delincuencia y en el
pandillismo, en esos sujetos manejados por un sistema y desprovistos de una
formación política que no les permite luchar por unos ideales de cambio social,
económico y cultural a favor de ellos y de todos de una manera impactante y
acertada, sin embargo las voces de inconformismo están vivas
en contra de esta sociedad y cuyo eco está impreso en los actos vandálicos, violentos,
malversados a los que les están apostando nuestros jóvenes totalmente
desorientados de un camino hacia un verdadero cambio social. No puede entonces
la escuela simplificar la mirada que se
tiene en torno al conflicto y reducirlo a expresiones tan locales o tan
abstractas del mismo, y tampoco puede estar desprovista de espacios de
formación donde los estudiantes desde su más temprana edad se formen como
sujetos políticos que identifican, comprenden, analizan y proponen acciones
concretas frente a ellos.
[1] En la etapa genealógica del pensamiento de Michael Foucault se destaca
el fundamento que en sus reflexiones va a tener el asunto del poder, pero
analizado más allá de los límites impuestos por el conocimiento moderno,
entendido por el contrario como una red infinita de micropoderes presentes en
todos los ámbitos de la vida cotidiana de los hombres. La obra destacada al
respecto será la microfísica del poder; en
esta obra Foucault nos invita a comprender el poder en sus puntos terminales,
allí donde el poder está localizado.
[2] En 1992 el pedagogo brasilero Paulo Freire publicó una importante obra
llamada La Pedagogía de la Esperanza. En ella es posible encontrar una síntesis
de la reflexión pedagógica que realizó Freire al ritmo de las luchas sociales y
políticas que vivía América Latina y que aún hoy sigue viviendo, motivando una
reflexión crítica pero sobre todo pragmática del papel político de la educación
en la transformación de las condiciones sociales, económicas, políticas y
culturales de nuestra región.
Elaborada por:
Yeison Andres Mora. Licenciado en Educación Básica con énfasis en
Ciencias Sociales. Docente del Colegio Brasilia IED. Estudiante de la Maestria
en Desarrollo Educativo y Social. Educador Popular Colectivo Libremente.
Angela Cristina Ortiz.
Licenciada en Pedagogía Infantil. Docente del Colegio Técnico CLASS IED.
Estudiante de la Maestria en Desarrollo Educativo y Social. Educadora Popular
Colectivo Libremente.

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