miércoles, 9 de abril de 2014

On 2:53:00 p.m. by Gustavo López in , , , , , ,    No comments


William Pulido
 Es innegable que la educación, desde mi punto de vista mal llamada “clásica”, es lineal y autoritaria, pues da al profesor la figura del “guardián” del conocimiento, el “protector” del saber, el todo poderoso del salón; individuo que bendice o castiga al estudiante, el cual espera impaciente y temeroso el veredicto final del maestro, pasó o no pasó, sabe o no sabe. Quizás este tipo de roles o de prácticas educativas estén por acabarse en los años venideros, pero aun persisten en el interior de la escuela. Para ejemplificar lo anteriormente dicho, expondré una pequeña anécdota profesional. No hace mucho una estudiante se me acercó y me dijo, con una voz firme, séria e inquisitiva:


 “Profesor usted debería ser más serio y darnos usted la nota, no estar dejando que nosotros (los estudiantes) hagamos lo que queramos… mire que cuando el profesor es sério nosotros trabajamos más y hacemos más caso…”

Al escuchar estas palabras sentí una gran desilusión, pues en ese momento estaba realizando un consenso con los estudiantes para establecer los criterios de evaluación de una actividad a desarrollar, estaba tratando de generar un proceso de “transformación”, entendido como el paso de un modelo tecnológico preocupado por los objetivos de rendimiento, la eficiencia y los modos jerárquicos de responsabilidad a otro caracterizado por métodos de totalidad y conexiones, diversidad y complejidad, relaciones y significado, reflexión e investigación, colaboración y colegialidad (Rudduck & Flutter, 2007, p. 130).

     Luego de esta sorprendente y desmotivante  intervención, reaccioné y me pareció que el reclamo de la joven estudiante respondía solamente al repetitivo y ya viejo rol del maestro, donde él es el propietario del saber y de la evaluación.  Es por tal motivo que me pareció curioso y motivador, reflexionar sobre el significado que tiene el hecho de dar la voz a los otros, a los evaluados, analizar sus tenciones y posibilidades; es por eso que quisiera sintetizar y criticar algunas de las lecturas propuestas bajo el marco del curso Mediaciones y Evaluación del Aprendizaje, sobre todo, aquellas que se desarrollaron en la cuarta sesión.

     Para empezar abordaremos el séptimo capitulo del texto La voz de los alumnos y los centros escolares: El potencial transformador, de los autores de Rudduck y Flutter (2007), en el cual se menciona que “la educación de masas debe cambiar para que pueda propiciar la aparición de jóvenes inquisitivos, innovadores y emprendedores” (p.131). Lo anteriormente citado es sin duda uno de los grandes objetivos de la educación contemporánea, pues la humanidad necesita más que nunca de individuos críticos, capaces de entender y comprender las problemáticas que afectan su comunidad, para enfrentarlos con emprendimiento e innovación.

     Quizás una de las formas de propiciar este cambio educativo es otorgando la voz a <<los eternamente silenciados>>, es decir dar la voz a los estudiantes; grupo del cual todos hablan (padres de familia, profesores, ministros de educación, etc.), pero  al que nunca o en muy pocas ocasiones se le ha concedido el uso de la palabra, para expresarse sobre su proceso educativo y sobre todo sobre su evaluación.

     Es por tal motivo que la educación y la evaluación de la misma deben volcarse hacia la pluralización de las voces, que tanto evaluados como evaluadores sean participes y constructores de verdaderos procesos evaluativos, para que de esta forma, como lo propone Rudduck & Flutter (2007) podamos alcanzar un proceso de trasformación, donde los miembros del centro escolar llegan a valorar la reflexión crítica como medio de aprendizaje y se comprometan a construir un clima de apertura, confianza y respeto en el que pueda utilizarse la revisión y experimentarse como un proceso constructivo, en vez de cómo un latigazo de arriba abajo (p. 131).

Ya habiendo introducido el concepto de “procesos de transformación”, de los autores J. Rudduck y J. Flutte, y habiendo subrayado la importancia de la reflexión critica como elemento que permite desarrollar un proceso de aprendizaje incluyente y participativo, por parte de los estudiantes, nos gustaría citar el concepto de autoevaluación y evaluación de los compañeros. Por tal motivo citaremos el texto desarrollado por Brown y Glasner Evaluar en la Universidad: En primer lugar, observamos que la autoevaluación arrebata al docente un elemento de “vigilancia, clasificación, calificación, control y castigo” (Ball citado por Rudduck & Flutter, 2007, pág. 119) y, a su vez transforma a la evaluación en un elemento emancipador. Durante años el docente ha tenido la potestad de escoger, cómo, cuándo y dónde se realiza la evaluación. El rompimiento de este “dogma” de la educación es trascendental para el surgimiento de una nueva educación y, para la consolidación de individuos críticos y emancipados, pues con la autoevaluación el estudiante es quien toma la autoridad de decir lo que es o no, transformando el rol del docente, pasando de dictador a guía en la discriminación del conocimiento, lo cual puede ser crucialmente importante (Brown & Glasner, 2003, pág. 182).   

     En segundo lugar, la autoevaluación y la evaluación de los compañeros es un elemento de “reparación” de los derechos de los estudiantes, los cuales han sido violados en varias ocasiones. Calificamos a la autoevaluación y la evaluación de los compañeros como reparación, pues ellas reconocen al estudiante dentro del aula, lo categoriza como individuo que posee unos intereses y unas necesidades, igualmente reivindica sus derechos pues por primera ves su voz es tenida en cuanta al momento de configurar su proceso de aprendizaje, convirtiéndose en pieza fundamental en la consolidación de su educación.

     En tercer lugar, los procesos educativos que lleven un buen ejercicio auto evaluativo y de evaluación por los compañeros, pueden ser más significativos para los estudiantes, ya que esta forma de evaluación es “más desafiante que las formas tradicionales de evaluación (…) dado que las razones para implementarlas eran claras y que los criterios y procesos son generados en parte por los propios estudiantes” (Brown & Glasner, 2003, p. 197).   

     Además de lo anterior,  para generar un verdadero cambio en la educación y la evaluación, es importante que las practicas educativas y evaluativas sean más democráticas, es decir que todos en la comunidad educativa “han de interesarse por estar incluidos, no  marginados, y al mismo tiempo poder nombrarse diferentes  sin tener que someterse a ninguna informalidad aniquiladora de lo propio” (Bilbeny citado por Cabra, 2010, p. 29). Esta inclusión y participación de todos en la evaluación y la educación, puede desarrollar dentro de los estudiantes sus capacidades de tomar los problemas y visualizarlos desde una perspectiva diferente, novedosa, fortaleciendo su visión critica, eso si teniendo en cuenta el punto de vista de los otros, consolidando de esta manera un aprendizaje significativo y duradero para el desarrollo de su vida (Cabra, 2010, pág. 29).

     Además de la democratización y del reconocimiento de la voz del estudiantado, con la autoevaluación, se observa que la educación deja de ser lineal e inequitativa y se enfoca en la equidad, la cual “tiene en cuenta la diversidad de posibilidades en que se encuentran los alumnos y orienta las decisiones en el ámbito educativo de acuerdo con ellas (Marchesi y Martin, citado por Cabra, 2010, p. 6)

     En suma los cambios profundos al andamiaje de la educación son verdaderos retos que debemos asumir los educadores, puesto que la educación de mazas debe tener como objetivo la consolidación de sujetos críticos, capaces de “despabilarse”, de entender sus contextos sociales y afrontar los problemas que aquejan su comunidad, pero para que estos sujetos sean críticos y dinámicos, debemos cambiar primeramente nuestras practicas evaluativas y educativas, otorgándoles la voz, para que se pronuncien, escojan y se emancipen.

     En segunda instancia debemos soltar ese dispositivo de poder que es la evaluación lineal, que solo opaca y rebaja al estudiante, desconociendo sus saberes, sus intereses y ese derecho que posee todo ser humano: el de escoger lo que quiere para  su vida. Debemos transformar nuestros roles, el estudiante debe dejar de ser ese ser pasivo que solo recibe y sigue procesos y, por nuestra parte los profesores debemos dejar de dictar lo que se debe aprender y transformarnos en guías, en acompañantes del conocimiento, para que todos en comunidad podamos construir experiencias ricas en saberes y aprendizaje.

Sin duda un vuelco en la estructura evaluativa y educativa son necesarias para lograr esos estudiantes críticos que, además de resolver problemas, son capaces de escuchar al otro, pues un buen proceso de autoevaluación aporta estas cualidades y hace que la evaluación sea más equitativa y desafiante, pues ya no son sus mayores quienes lo evalúan, serán sus mismos pares…

     Como última línea quisiera anotar que hoy en día el cambio de perspectiva de la evaluación es el camino para la transformación de la educación y, de paso, luego de haber escrito lo anterior anotar que de toda esta reflexión se crea una columna para darle base a la respuesta que la estudiante de aquel día exigiendo una postura conductista por parte mía, necesitaba oír: necesitamos romper con el silencio de los eternamente callados.

 
 Bibliografía

Rudduck, J y Flutter, J. (2007) Cómo mejorar tu centro escolar dando la voz al alumnado. Madrid: Morata. Cap. VI. La voz de los alumnos y los centros escolares: el potencial transformador


 Brown, S y Glasner, S. (Ed.) (2003) Evaluar en la Universidad. Problemas y nuevos enfoques. Madrid: Narcea “La autoevaluación y la evaluación por los compañero


Cabra-Torres, F. (2010)  Atención a la diversidad y prácticas de evaluación en el aula. Revista académica y científica del Gimnasio Los Andes. Perspectivas en Educación, Noviembre, No. 1. Pp. 27





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