martes, 25 de marzo de 2014
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Gustavo López.
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l presente documento pretende reflexionar de
forma general, sobre aspectos relacionados con la evaluación en educación, uno que interesa en especial es precisamente
el papel del evaluador y los aspectos relacionados con los juicios de valor, la
manera en cómo se toman decisiones en un proceso evaluativo y la manera en como
estos se expresan, su implicación con respecto a quien es objeto de evaluación,
es decir, de quien es evaluado y sus respectivas posiciones críticas frente a
un proceso del cual en ocasiones se siente víctima.
En este escrito, la evaluación será
problematizada entre la tensión que existe (al pasar por un proceso de
valoración) entre un interés honesto en
apariencia, avalado por una serie de criterios, de procedimientos y de consideraciones que pretenden que la valoración sea objetiva y así la evaluación en su conjunto, y una realidad compleja de ese mismo proceso de valoración que en la práctica dista mucho de lo que se pretende en el escenario teórico, y que incorpora en su manera de actuar, más otros aspectos que son en gran medida subjetivos y que terminan en una dependencia muy amarrada al juicio del evaluador.
apariencia, avalado por una serie de criterios, de procedimientos y de consideraciones que pretenden que la valoración sea objetiva y así la evaluación en su conjunto, y una realidad compleja de ese mismo proceso de valoración que en la práctica dista mucho de lo que se pretende en el escenario teórico, y que incorpora en su manera de actuar, más otros aspectos que son en gran medida subjetivos y que terminan en una dependencia muy amarrada al juicio del evaluador.
Lo anterior resulta en la hipótesis central en
la que me arriesgo a ingresar, y es que
una cosa es lo que se pretende bien sea desde el escenario teórico, desde los
postulados de la valoración y las teorías del juicio de valor, y otra
cosa es lo que sucede en el escenario real de la escuela, en
el aula y en el quehacer pedagógico diario del docente y del estudiante, en
relación con las maneras en como el
juicio atraviesa las instancias evaluativas, lo cual no necesariamente resulta
en una pretensión de infalibilidad teórica y concordancia extrema con la
realidad y menos una indiferencia total y negación de los postulados teóricos
de la evaluación en educación.
Teniendo esto claro, iniciaré con mostrar como para los académicos
de la pedagogía y para mí, el juicio de
valor de alguna manera pretende
objetividad y como este es importante en el proceso evaluativo, lo que brinda y
los beneficios que trae, es decir
iniciaré, con lo que aquí considero un interés honesto de la evaluación
centrado en un juicio de valor sustentado, reflexionado.
Luego intentaré brevemente, problematizar este primer aspecto, ya desde
una perspectiva empírica, de mi propio quehacer pedagógico y en mi experiencia
como evaluador y evaluado, de esa manera
confrontarlo con lo que considero en este texto ser una realidad compleja, en
la que dicha pretensión mencionada con antelación se distancia en la práctica y
resulta en procesos distintos de evaluación, en los que a pesar de pretender
ser justos no lo son, o lo son de otras formas que no logramos sistematizar, que pretenden ser objetivos y en la realidad
del aula no lo son y que pueden representar bien sea aspectos problemáticos de
la misma evaluación u alternativas de evaluación más reales.
La evaluación como un interés honesto de justicia.
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o interesante de la evaluación radica en que
permite hacer un rastreo, un balance y sobre todo una reflexión sobre lo que todo el
proceso de enseñanza y aprendizaje contiene y que no es visible de manera tácita.
Saber que una persona pasa por un proceso
educativo, en el cual estuvo inmersa en escenarios de enseñanza y aprendizaje,
no es suficiente para saber qué fue lo que se transformó en esa persona y sobre
todo cómo se transformó, es decir, la evaluación se interesa por entender y
comprender si una persona inmersa en el escenario educativo aprende o no, y frente a ello poder comprender, describir, determinar si el mismo proceso ya sea el
individual, el del maestro, el del programa, el de la institución es o no acorde
para lograr lo que se espera del mismo
proceso educativo.
Es importante porque permite que exista
dinámica y movimiento, porque propicia preguntas y porque moviliza, claro está, si la concepción central sobre
evaluación pretende todo lo contrario a llegar a un cierto tipo de normalidad.
Esto es lo que yo pienso sobre este concepto.
En este, en el concepto de evaluación, dicen distintos autores como Hugo Cerda,
Carlos Rosales, Carla
Förster Marín y Cristian A. Rojas-Barahona, que evaluar está atravesado y directamente
relacionado con los conceptos de valor y de justicia, estos conceptos, valor y
justicia de alguna manera dan sustento filosófico, moral y ético al proceso
evaluativo y trabajarlos responsablemente supone un intento de validez, confiabilidad y objetividad a la hora de
evaluar, que puede hacer de la evaluación algo más justo.
Dice Hugo Cerda a propósito que, “cualquiera sea el criterio por el cual
optemos para definir la naturaleza y las funciones de la evaluación no podemos
desconocer que ésta gira en torno al concepto de valor.” (Cerda, 2001, pág. 1),
esto quiere decir, que a pesar de que este proceso sea lo más objetivo o lo más
subjetivo posible el juicio lo atraviesa,
sin embargo sabiendo esto, entendiendo que la evaluación gira en torno
al juicio de valor, la pretensión de los académicos de la pedagogía ha sido
poder llevar este proceso hacia un lugar donde se pueda dar cuenta de la
evaluación desde la objetividad del juicio, esta pretensión puede tener un
sustento que le interesa la honestidad con la que se evalúa.
Por eso es que nace el interés por definir
maneras de medir o de atribuir valor a las cosas, los fenómenos o los procesos
educativos, bien sea de manera cuantitativa o de manera cualitativa, allí en el concepto de valor señala Cerda
“son interminables los significados que asume un término que puede ser definido
desde un plano filosófico, epistemológico, sociológico, psicológico y
matemático. Cerda, 2001, pág. 1). Es decir que el concepto de valor puede
definirse también desde algunos de esos ámbitos, la educación lo sustenta desde
lo filosófico y lo epistemológico esencialmente.
De esa manera coinciden desde distintas
miradas, Carlos Rosales y Hugo Cerda en que la evaluación debe contener
aspectos que permitan hacer un juicio de valor más acertado frente a los
proceso de enseñanza – aprendizaje, es decir que se requiere una serie códigos
y reglas que permitan realizar esta operación(Cerda, (2001) pág. 5), a estos aspectos
se les conoce principalmente como criterios de evaluación, “los criterios
vendrían a ser como apoyos específicos que permiten al evaluador constatar el
nivel de cumplimiento de las normas” (Rosales (2006) pág. 4) , según R.
Sadler (1985)(citado por (Rosales (2006) pág.
4) “para que algo
sea evaluado como bueno, es preciso establecer previamente criterios de bondad
y luego constatar que ese algo está de acuerdo o cumple dichos criterios”, a lo
que el mismo Rosales añade, “Los
criterios o normas constituirían como puntos de referencia que harían posible
la calificación de lo que nos proponemos evaluar” (Rosales (2006) pág. 4), esto indica nada más, que a partir de ellos
se posibilitará que el juicio sea más objetivo.
Así
visto los criterios de evaluación, que en gran medida, como lo señala Rosales, dependen
del nivel de las calidades profesionales del docente, de su autonomía y su
compromiso, que puede resultar en fortalecer procesos de consolidación de
procesos de evaluación no solo en el aula sino a niveles institucionales o más
generales, esto supone un beneficio para
el proceso educativo, pues el proceso evaluativo sustentado en criterios pueden
dar juicios de valor más reflexivos, acertados.
En ese punto el interés por hacer honesto el
proceso es muy valioso, tiene mucho sentido y por demás es un interés muy
positivo, generar criterios de evaluación sopesados y por ende juicios de
valor centrados en estos criterios, hace de la evaluación un proceso con una
intensión más formativa pues esta tendría así, desde los postulados de Förster y Rojas (2008) mayor validez, confiabilidad y
objetividad.
Validez
entendida desde una visión psicométrica como
indica Messick (1989) quien la define la como “un juicio evaluativo integrado del grado en el cual
la evidencia empírica y teórica soporta la adecuación y pertinencia de las
inferencias y acciones basadas en los puntajes de un test o en otros modos de
evaluación” (p. 13) citado por (Förster y Rojas (2008), pág. 287), confiabilidad, “hace
referencia a consistencia, exactitud y estabilidad de los resultados, a las
inferencias que se pueden realizar, y tiene directa relevancia en las
conclusiones y posterior toma de decisiones (Luckett & Sutherland, 2000;
McMillan, 2003) citado por (Förster y Rojas
(2008)pág.,300) y objetividad como “la calidad de un objeto en sí, independiente
de las consideraciones o juicios personales, (…)la
objetividad en el ámbito evaluativo, supone que tanto los instrumentos como el
juicio que se emite a partir de la información recogida con ellos sean
imparciales”.
Para resumir entonces este apartado, los académicos de las evaluación, a los
cuales me adhiero, permiten observar que
es muy importante para la pedagogía y para los teóricos de la evaluación la pretensión de hacer la evaluación
objetiva, valida, confiable, entendiendo que esta, está atravesada por la
importancia de tener juicios de valor sustentados y que estos se dan esencialmente
por la posibilidad establecer mejores criterios evaluativos. Es importante entre otras porque, esta
pretensión que aquí denomino como un interés honesto del proceso evaluativo,
desea noblemente pero tal vez ingenua, que la evaluación no sea un elemento
coercitivo, de acción de poder o de control y dominación, es decir pretende
permear de esas posibles fallas un proceso evaluativo que podría ser más
limpio, aséptico y en esa línea más acertado.
La evaluación como una realidad compleja.
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l
apartado anterior nos permitió poner en la discusión lo importante que es en la evaluación el juicio de valor,
sustentado este en los criterios de evaluación, de igual forma ver, lo relevante que esto es en términos de
objetividad, validez y confianza. Quedo enunciado que este es un aspecto
positivo de la educación, una pretensión honesta que la pedagogía ha venido pensando en aras de
fortalecer los procesos evaluativos.
Sin
embargo, como había anotado antes, en este apartado brevemente intentaré poner
en discusión, cómo a pesar de la importancia de este aspecto y a pesar de ser
una pretensión bien intencionada y honesta,
no es necesariamente una realidad en la escuela, en las aulas, en las
instituciones y en general.
Parto
por cuestionar la construcción y aplicación de criterios de evaluación y las dificultades de orden epistemológico,
subjetivo, político, logístico que implica,
para de esta forma entrar a apoyar la idea de que en la evaluación en la realidad
de los espacios mencionados, evaluar con objetividad, con trasparencia no es tan real, primero, porque no es fácil y
segundo, porque las condiciones reales de la escuela no lo facilitan; así
sustentar que más bien la evaluación en la realidad es un escenario en donde lo
subjetivo cobra mucha relevancia, y que los procesos evaluativos han estado y
están atravesados por ese juicio que resulta
poco medible, difícil de controlar y en ultimas se distancia de la
teoría, pero, que sin embargo, produce procesos evaluativos también valiosos,
aunque no controlables, sin negar que también resultan en escenarios de
coerción, poder y control desmedido en la escuela.
Evaluar
con objetividad es difícil, primero porque
quienes construyen criterios están permeados por un interés claro que se
ve marcado en el desarrollo de los mismos criterios, este evaluador a su vez
esta permeado por los intereses de instancias superiores a él que le exigen un
determinado tipo de criterios, el evaluador a su vez puede estar de acuerdo con
estos e intentar aplicarlos en el aula, o también puede no estar de acuerdo con
ellos, sin embargo construirlos a sabiendas que aplicará otros criterios propios, o simplemente acomodarlos para responder con
la exigencia.
Hoy
en día el evaluador, en este caso el maestro, se ve sometido a espacios y tiempos muy
difíciles en la escuela, en muchas ocasiones las aulas de clase tienen grupos
demasiado grandes para pensar evaluar de
forma personalizada y atendiendo la diferencia, lo que indicaría e implicaría
construir criterios adecuados en dichos casos, a pesar de ello, la posibilidad de tener criterios de
evaluación no se diluye, pero se ve enfrentada a las imposibilidades que el mismo
tiempo de la escuela hoy día presenta, es decir, que incluso teniendo criterios
bien realizados es difícil implementarlos a la hora de evaluar, por la escases
de tiempo que hoy vive la escuela, precisamente
por la aceleración constante en la que está inmersa, en gran medida por los procesos de
acreditación en calidad y el mismo ritmo del mercado que hoy impone su lógica empresarial en la educación,
es decir, evaluar así ,como en común lo dicen muchos maestros, implica salir del paso pronto porque así lo
exige la institución, así queda en manos del maestro tomar decisiones que no necesariamente
se acogen estrictamente al criterio previamente definido, el juicio de valor ya
no es confiable, medible pero no necesariamente invalido. Esto no refleja que
el maestro no pretenda hacer su labor con ética y con compromiso, pero si quizá que hoy día sus obligaciones
pedagógicas están superadas por las obligaciones logísticas y administrativas
de la escuela.
Claramente
señalan Förster y Rojas (2008) cuando citan a Brown, (2004); Castillo y Cabrerizo,
(2007); Flórez, (1999), que “las concepciones de evaluación y los enfoques
teóricos con que cada docente se aproxima a la evaluación del aprendizaje de
sus estudiantes condicionan la forma en que toma decisiones al interior del
aula”, (Förster y Rojas
(2008), pág. 286),
en ese sentido es que teniendo como base este asunto, que es común (en
un sentido de presentarse con regularidad) y que es difícil de superar, “la
calidad de una evaluación, es decir, la consistencia, adecuación y pertinencia
de los procedimientos e instrumentos que se utilizan para evaluar el desempeño
de los estudiantes, debiese considerar la validez, confiabilidad y objetividad como elementos esenciales al
momento de interpretar los resultados y así tomar decisiones adecuadas respecto
de qué y cómo enseñar (Brookhart, 2003; Himmel, Olivares y Zabalza, 1999;
McMillan, 2003, citados por (Förster y Rojas (2008), pág. 286)).
Esto último para mi resulta lo más difícil de
realizar, porque exige del maestro reflexión, planeación, manejo y aplicación de
conceptos, sensibilidad, entre otras, pero
sobre todo exige tiempo, el cual como
dije antes en la escuela de hoy es lo más escaso, así, sin tiempo, la reflexión, el estudio, la
planeación, detenerse a pensar, y muchas otras actividades necesarias para
construir modelos evaluativos objetivos, se aplazan.
Con
esto no quiero decir que los procesos de evaluación en el aula por ejemplo, se
conviertan por este hecho en un lugar de arbitrariedad total, sino que debido y
justo allí donde no hay tiempo la subjetividad al evaluar se convierte en actor
principal, porque las condiciones reales
del aula así lo exigen, y porque en la línea de Calatayudo (1999) “la
evaluación es una práctica compleja, que involucra no solo el dominio de una
técnica, sino también posee una carga moral y valórica importante, y por tanto,
es una actividad ligada a las creencias personales de los docentes, lo quieran
o no. Desde esta perspectiva, la imparcialidad no es posible y cada juicio que
se emite tiene un componente de apreciación propio de quien lo expresa” (Citada
por (Förster y Rojas
(2008), pág. 286)). No por ello el proceso de evaluación
cesa, sino que se carga de ese aspecto lo cual lo puede hacer más rico,
positivo y formador o todo lo contrario, coercitivo, deformador e inerte.
Así,
desde mi posición, caer en la trampa en la que la evaluación no puede ser en
nada subjetiva y que los criterios de evaluación y los postulados teóricos son infalibles es caer en como lo dice Calatayud
(1999), en “que quien cree que la
evaluación de los estudiantes es una acción objetiva, se embarca en una tarea
imposible” (Citado por. (Förster y Rojas (2008), pág. 300).
Conclusiones.
Para
finalizar, quisiera entonces señalar 2
aspectos, 1. que la evaluación educativa no necesariamente se hace en la
escuela de manera objetiva, aséptica y limpia, sino que es común encontrar que
a pesar de vincular una cantidad de elementos que la pretenden objetiva y que
no dejan de tener un interés honesto de justicia, no
logra esa pretensión en su totalidad, porque aspectos inherentes al mismo
juicio de valor del evaluador y sus propias condiciones como sujeto lo impiden
y porque los factores asociados a la escuela de hoy, acelerada, en un marco cada vez mas de mercado, dificultan que los criterios de evaluación que
puedan resultar en objetividad se implementen en el aula, en gran medida porque no hay tiempo para lo
pedagógico y si para lo administrativo.
2. Que la teoría en este caso sobre la evaluación y en ella del juicio
de valor, se aleja en alguna medida de la realidad de la escuela y del aula,
así los resultados que se obtienen al evaluar, teniendo en cuenta esta
separación, pueden resultar por un lado
positivos pues afloran procesos de autonomía del docente y escenarios de
enriquecimiento para los estudiantes, pero, con la dificultad de no tener argumentos
suficientes para mostrar total objetividad
en el proceso lo que probablemente tienda a desvirtuarlo, o por otro lado, pueden resultar en escenarios negativos que
potencien la arbitrariedad en el aula, la evaluación como elemento de control y
poder y la degeneración de un proceso formativo. Mi posición es entonces que teniendo en
cuenta esto me inclino a pensar que la evaluación, a pesar de la subjetividad
cumple una función esencial en la educación y que es más común que estos
procesos evaluativos resulten en positivos, por lo menos en parte, y que por
supuesto, existen escenarios fácilmente identificables en donde la ausencia
total de objetividad y un amarro radical a la subjetividad resulta negativa.
Tal vez
de esos últimos escenarios, es que
debemos alejarnos como docentes.
Referencias.
Calatayud,
M.A. (1999). La creencia en la objetividad de la evaluación: una misión
imposible. Aula Abierta, 73, 205-222.
Hugo
Cerda (2001) La evaluación como juicio de valor. En: La evaluación como
experiencia total.. Bogotá: Ed. Magisterio. [Disponible digitando el título en
Google]
Carla
Förster Marín, Cristian A. Rojas-Barahona (2008), “Evaluación al interior del
aula: una mirada desde la validez, confiabilidad y objetividad”, Rev. Pensamiento
Educativo, Vol. 43, pp. 285-305.
Carlos
Rosales (2006) Evaluar es reflexionar sobre la enseñanza. Madrid: Narcea
Criterios de evaluación, pp. 35-40 / Evaluación como reflexión, pp. 132-138.
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